Logo LAOMS Laboratorio de Análisis de Organizaciones y Movimientos Sociales
  • Inicio
  • ¿Quiénes somos?
    • Directorio
    • Miembros
      • Estudiantes
      • Académicos
    • Ubicación
  • Investigación y Docencia
    • Derechos humanos y protestas
      • Defender es un derecho
    • Características y trayectorias de los eventos de protesta en México
    • Evaluación del desempeño asociativo
      • Presentación
      • Publicaciones
    • Sociedad civil
    • Programas de estudio
    • Publicaciones
    • Infografías
    • Conferencias
    • Cortos de investigación
    • Eventos
      • Archivo de eventos
  • Léxico de la Protesta
  • Red
  • Servicio Social
  • Difusión
    • Publicaciones
      • De miembros del LAOMS
      • Descargables
      • Recomendadas
      • Colección Charles Tilly
    • Calendarios de efemérides
    • Recomendaciones fílmicas
    • Revistas
    • Eventos
    • Convocatorias
    • Cursos y seminarios
    • Comunicados
    • Enlaces
  • Fototeca
  • Blogs
  • Movimientos e instituciones
  • Observatorio de la Democracia
  • Incidencia Pública
  • Seminario México
  • Léxico de la Protesta
  • Presentación
  • Entradas
  • Autores
  • Referencias

Enmarcación, contraenmarcación y campos discursivos

Por Johan Gordillo García / 16 junio, 2026

Una parte del llamado “giro cultural” en la sociología estadounidense se enfocó en el análisis de la construcción social de significados. En los estudios sobre movimientos sociales, lo anterior tuvo su principal desarrollo en el análisis de los marcos de acción colectiva (Johnston 2002; Snow 2008; Williams 2004). En sus primeros años, la perspectiva de la enmarcación se concentró casi por completo en los movimientos sociales como agentes estratégicos de significación y en los públicos a los que apelaban (Gillan 2008:20; Lichterman y Dasgupta 2020; Lindekilde 2014; Polletta y Ho 2009; Williams 2004). Esto llevó a que se dejara de lado el estudio del contexto cultural más amplio en el que los movimientos sociales emprenden sus estrategias discursivas, así como las respuestas que dan sus oponentes. Como apuntan Snow (2004) y Polletta y Ho (2009), en la década de 1990, las investigaciones sobre los marcos comenzaron a reconocer que, para comprender a profundidad las dinámicas de los movimientos sociales, era crucial tomar con seriedad el contexto de la acción porque la construcción de ciertos marcos por parte de un actor colectivo no responde exclusivamente a criterios estratégicos o discrecionales, sino también a las limitaciones históricas y culturales (Kubal 1998; Marullo, Pagnucco, y Smith 1996; Mooney y Hunt 1996; Steinberg 1999b; Williams 1995; Zuo y Benford 1995).

El lenguaje que se utiliza en la política contenciosa es relacional porque se desarrolla en interacciones, concreto puesto que se utiliza en comunidades específicas y dinámico porque está abierto al cambio (Steinberg 1999b; Tarrow 2013). En ese sentido, es fundamental comprender que los marcos no son estáticos, sino que sus significados pueden cambiar en el curso de una disputa (Snow 2004; Steinberg 1999b). En otras palabras, el contexto cultural en el que se desarrollan los marcos influye en las posibilidades discursivas y retóricas de un movimiento social y en las respuestas que sus adversarios pueden ofrecer. Uno de los conceptos que se han utilizado para referirse a ese contexto cultural es el de campo discursivo (Snow, Vliegenthart, y Ketelaars 2019). En esta entrada, explico cómo se forman y desarrollan los campos discursivos a partir de las dinámicas de enmarcación y contraenmarcación.

Los campos discursivos se forman y desarrollan de manera relacional a partir de las disputas de enmarcación y contraenmarcación, y sus transformaciones son observables en cuatro dimensiones: el tema central de la discusión, los diagnósticos y propuestas de solución, el perfil de los protagonistas de las movilizaciones, y las respuestas oficiales a la protesta (Gordillo-García 2024).

Enmarcación y contraenmarcación

El concepto de los marcos de acción colectiva ha sido ampliamente desarrollado en varias disciplinas (véanse Snow Vliegenthart y Ketelaars (2019) y Snow et al. (2014)), pero es crucial recordar que, aunque hay trabajos relevantes que se enfocan en los aspectos cognitivos e individuales de los marcos (Johnston 1995), las propuestas más ampliamente difundidas se enfocan en un entendimiento colectivo y organizativo (Benford y Snow 2000). Desde ese punto de vista, los marcos pueden definirse como “patrones colectivos de interpretación con definiciones, causalidades, demandas, justificaciones y orientaciones valorativas” que tienen el objetivo de explicar una situación, plantear una crítica o legitimar las demandas de un movimiento social (Rucht y Neidhardt 2002:11).

Ahora, en todo episodio o campaña de protesta, los movimientos sociales se enfrentan a grupos más poderosos cuyos intereses buscan mantener las cosas tal y como son (Crossley 2002). En ese sentido, los marcos oficiales son las interpretaciones que los agentes de gobierno y las élites no gubernamentales hacen de una situación (Shriver, Adams, y Cable 2013). Usualmente, estos marcos se utilizan para legitimar las posturas y acciones de un gobierno (Noakes 2000), y suelen contener versiones del mundo que rechazan o demonizan las actividades que van en contra de sus intereses (Cunningham y Browning 2004), pero no son articulados exclusivamente por instancias gubernamentales, sino también por actores no estatales que son aliados de los gobiernos (Messer, Adams, y Shriver 2012). Además de delimitar y señalar un problema, los marcos oficiales presentan la acción gubernamental como la única capaz de solucionarlo (Noakes 2000) y ponen énfasis en la construcción de legitimidad institucional, para que las acciones gubernamentales sean vistas socialmente como justas y deseables (Roscigno et al. 2015). Estos marcos oficiales no se construyen sólo en función de los marcos de acción colectiva ni se limitan a ser respuestas a ellos (Haydu 1999; Li 2022; Noakes 2000), sino que ambos se desarrollan de manera interactiva durante el conflicto (Esacove 2004; Riese 2014).

Como definen Zuo y Bendord (1995:139), el concepto de contraenmarcación engloba los esfuerzos hechos por los oponentes para “refutar, socavar o neutralizar los marcos de acción colectiva” de un movimiento. En el mismo sentido, Tarrow (1994) considera que las disputas de enmarcación entre movimientos sociales y oponentes son “la lucha por la supremacía cultural”. Estudios previos han identificado varias formas de contraenmarcación. Por ejemplo, McCaffrey y Keys (2000) observaron que las organizaciones conservadoras suelen responder a las actividades de grupos feministas mediante polarización-vilificación, desacreditación de marcos y rescate de marcos. La polarización se enfoca en la distinción “nosotras-ellas” y guarda una relación estrecha con la vilificación que presenta a los adversarios como corruptos, ilegítimos, hipócritas o malévolos; la desacreditación promueve la ideología propia y desacredita la de oponentes, sometiéndola a mucho escrutinio con el fin de lastimar su resonancia; y el rescate de marcos conlleva la recuperación de un marco que ha sido muy atacado. De igual forma, Shriver, Adams y Cable (2013) han analizado la obstrucción discursiva que se da en campañas implementadas por redes de élites gubernamentales y privadas que buscan oponerse a un movimiento social para desacreditarlo cuando éste se opone a sus intereses.

No obstante, las estrategias de contraenmarcación pueden no rechazar por completo los marcos de la acción colectiva. Para Gallo-Cruz (2012), la contraenmarcación no es simplemente un ejercicio de oposición. A veces, los contrincantes de un movimiento social pueden reconocer el valor de las alternativas morales que ofrecen los actores contenciosos. Es decir, puede haber una “negociación de fronteras” en la que las instituciones moldean su identidad de manera positiva a partir de las demandas o críticas de los movimientos (Gallo-Cruz 2012). Así, los marcos oficiales no siempre son negativos para los actores contenciosos, sino que pueden delinear una aparente apertura y reconocimiento de los movimientos (Li 2022). En cualquier caso, los marcos de los contrincantes —sean autoridades o contramovimientos— inevitablemente influyen —sea en beneficio o perjuicio— en las posibilidades discursivas de un movimiento social, en los marcos que articulan (Fetner 2001). Como argumentan Peña y Davies (2017), los gobiernos en regímenes con características democráticas suelen responder a las protestas siguiendo patrones centrífugos o centrípetos. En el primer caso, las acciones y declaraciones del gobierno hacen que éste y un movimiento social se separen cada vez más porque el primero demarca bien las divisiones entre uno y otro. En el segundo caso, el gobierno y el movimiento social se acercan y, el primero tiende a borrar la separación entre uno y otro.

Campos discursivos

La idea de los campos discursivos deriva, al menos parcialmente, del trabajo de Pierre Bourdieu (Steinberg 1999b), pero su uso apegado a los marcos comenzó con las aportaciones de Wuthnow (1989), Spillman (1995) y Steinberg (1998, 1999a, 1999b). Para Wuthnow (1989), el campo discursivo es el espacio simbólico de la ideología en el que se organizan las relaciones entre conceptos y se delinea la manera en la que pueden ser interpretados. Así, el campo discursivo ofrece las categorías fundamentales que facilitan la interpretación, delimita las posibilidades de una discusión y establece los problemas que pueden debatirse. Por su parte, Spillman (1995:140) sostiene que los campos discursivos son los “terrenos” simbólicos en los que se dan las disputas sobre los significados y se componen de categorías histórica y socialmente negociadas en las que se basan los significados sociales. Por esta razón, los campos discursivos delimitan la acción social, sientan las bases del trabajo cultural y, en ese sentido, ofrecen herramientas de significación para la política contenciosa (Spillman 1995). Finalmente, Steinberg (1999b) desarrolla su conceptualización del campo discursivo a partir de los argumentos de Spillman y sostiene que estos campos son productos de las relaciones sociales y, al mismo tiempo, delimitan las posibilidades estratégicas y creativas de éstas. Además, Steinberg (1999b) señala que los límites de un campo discursivo no son fijos ni claramente definidos. Así, los actores sociales que participan en un campo siempre tienen un margen de agencia para la creatividad y estrategia porque pueden encontrar vacíos, contradicciones y silencios para impulsar nuevos significados en torno a las injusticias y problemas sociales.

Con base en estas tres perspectivas, Snow (2008) resume que los campos discursivos son los contextos simbólicos en los que se desarrollan las actividades relacionales de creación de significados. Sin embargo, él mismo identifica cierto grado de rigidez en los planteamientos anteriores porque destacan mucho, salvo en el caso de Steinberg, la capacidad del campo para delimitar qué puede discutirse y cómo. Más que enfocarse en las características restrictivas o limitantes de los campos, es más provechoso comprenderlos como un fenómeno de matices (Snow 2008). En ese sentido, Lichterman y Dasgupta (2020) definen el campo discursivo como un conjunto de espacios en constante transformación en el que los actores desarrollan creativamente demandas y posicionamientos a partir de categorías simbólicas compartidas utilizando los elementos disponibles en el campo mismo a modo de referencia cultural, no como un esquema estricto. Así, los campos discursivos se forman, y posteriormente se transforman, a partir del momento en que dos o más actores discuten sobre problemas o eventos (Lichterman y Dasgupta 2020; Snow 2004). Sin embargo, como señala Lindekilde (2014), las personas activistas no son simplemente vehículos pasivos que reproducen ideas previamente disponibles, sino que participan activamente en la producción social de significados. En resumen, los campos discursivos son fenómenos relacionales, dinámicos y contenciosos en los que se desarrollan actividades de significación en torno a un problema (Snow 2013b, 2013a).

Entonces, en ese contexto cultural se ubican no sólo los marcos de un movimiento social, sino también las interpretaciones que los gobiernos comunican sobre un tema o problema (Whittier 2002). Es decir, junto con los marcos de acción colectiva, los marcos oficiales son un aspecto fundamental del campo discursivo (Noakes 2000); sin embargo, en los estudios sobre los movimientos sociales se les ha dedicado muy poca atención (Haydu 1999; Messer, Shriver, y Beamon 2018).

Siguiente ➝
Entradas

Te puede interesar

Informe académico sobre la reforma judicial de 2024 en México

Por Karina González / mayo 13, 2026

El mundo común como condición democrática: Hannah Arendt ante la crisis de la verdad

Por Karina González / abril 15, 2026

XIV Congreso Internacional de Ciencia Política

Por Karina González / mayo 8, 2026

Coloquio sobre las resistencias a los autoritarismos y despojos actuales

Por Karina González / junio 8, 2026

Entradas del Léxico

  • Enmarcación, contraenmarcación y campos discursivos Johan Gordillo García
  • Repertorios de contención María Inclán
Logo LAOMS

Suscríbete a nuestro boletín

Nosotros

  • Inicio
  • Quiénes somos
  • Proyectos

Accesos directos

  • Publicaciones
  • Blogs
  • Léxico de la protesta
  • Eventos

Contacto

Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (CEIICH)
UNAM
Torre II de Humanidades, 6to piso
Ciudad Universitaria, 04510, CDMX

laoms.ceiich@gmail.com

© 2026
Laboratorio de Análisis de Organizaciones y Movimientos Sociales

We ♥ Wordpress | Diseño por rholguinc