Donald Trump publica una foto retratándose como Jesús. Hugo Chávez es un santo oficialmente para algunas expresiones religiosas en Venezuela. ¿Qué es lo que hace que líderes tan diferentes, con contenidos programáticos tan distintos, se parezcan tanto? La respuesta corta es: el populismo. Lo que está pasando en Estados Unidos, así como la irrupción de liderazgos como los de Andrés Manuel López Obrador, Nayib Bukele y Javier Milei, ha vuelto a traer con fuerza el término populismo a la opinión pública y al debate académico. Definirlo sigue siendo objeto de controversia; no existe consenso sobre su significado y también se cuestiona su utilidad y pertinencia analítica. La diversidad de fenómenos empíricos con los que se asocia, así como la pluralidad de enfoques desde los cuales se estudia, vuelven necesaria una reflexión que nos ayude a situar el término en discusiones y líneas de investigación concretas que ilustren sus potencialidades.
Diferentes perspectivas
Un mantra readaptado al que se puede recurrir es: “a cada quien con su definición de populismo, de acuerdo con su orientación académica” (Wiles 1969, citado por De la Torre 2020). Para ser justos, esta proliferación de definiciones no es un problema exclusivo del populismo, sino una característica de varios de los conceptos centrales de las ciencias sociales (por ejemplo, el concepto de democracia). Sin embargo, en el caso del populismo, esta situación se acentúa debido a su uso frecuente como categoría de descalificación en el debate público.
Lejos de ser un fenómeno reciente, el populismo cuenta con antecedentes históricos que permiten situarlo en una perspectiva de larga duración. Se han identificado expresiones tempranas en el cesarismo de Napoleón III (Rosanvallon 2020), en el People’s Party de finales del siglo XIX en Estados Unidos (Rosanvallon 2020; Redondo 2017), así como en el movimiento de los Narodniki en la Rusia de 1874 (Milosevich 2017; Salmorán 2021). Estos casos muestran que el populismo no está restringido a una región o periodo específico, sino que constituye una expresión y lógica política recurrente.
Existen en la literatura diversos enfoques analíticos que iluminan dimensiones específicas del fenómeno. Primeramente, se puede enunciar la escuela estructuralista asociada con autores como Germani, Di Tella y Vilas, que interpreta el populismo como una etapa en procesos de modernización. Desde esta perspectiva, el populismo surge en contextos de transición desde sociedades tradicionales hacia sociedades modernas, caracterizados por un desfase entre la movilización de sectores populares y la capacidad de las instituciones para integrarlos políticamente. Este “retraso” en la institucionalización de la participación abre espacio para la emergencia de liderazgos que canalizan políticamente las demandas de estas masas (Germani 2010; Di Tella 1965; Vilas 1995). En lecturas más recientes, este enfoque se ha reformulado para enfatizar la importancia de factores estructurales —como crisis económicas o migratorias— en la emergencia de liderazgos populistas.
Una segunda corriente concibe al populismo como una estrategia política. Desde esta perspectiva, se le define como una forma de acceder al poder mediante el apoyo directo y masivo de la población, en la que el liderazgo personal adquiere un papel central (Weyland 2001). Este enfoque subraya que el populismo no está ligado a una ideología específica, lo que permite explicar la existencia de populismos tanto de izquierda como de derecha.
En tercer lugar, está la definición del populismo como una ideología delgada o porosa (Mudde y Rovira 2018). En este caso, su núcleo consistiría en la idea de que la sociedad está dividida en dos grupos homogéneos y antagónicos: el pueblo puro y la élite corrupta. Desde este punto de vista, al tratarse de una ideología débil, el populismo requiere combinarse con otras ideologías más densas, lo que también explicaría su diversidad y elasticidad.
Finalmente, un cuarto enfoque entiende el populismo como una lógica política de construcción de identidades (Laclau 2005). Desde esta perspectiva, el populismo no es una ideología, ni una estrategia o algún conjunto de políticas públicas específico, sino una forma de articulación discursiva que construye un “pueblo” mediante la unificación de demandas heterogéneas en oposición a un enemigo común. Este proceso implica tres condiciones: la construcción de una frontera antagónica entre el pueblo y el poder, la articulación equivalencial de demandas y su unificación (por parte de un líder) en un sistema de significación relativamente estable (Laclau 2005).
El tercero y cuarto enfoques no son necesariamente excluyentes. De hecho, la literatura reciente ha tendido a integrarlos bajo el llamado abordaje ideacional, que combina elementos discursivos y de ideología delgada (Mudde y Rovira 2018). En este sentido, el populismo puede ser entendido como ideología delgada, discurso, estrategia y resultado de condiciones estructurales, dependiendo del punto de partida teórico elegido.
Se podrían contar también las posturas que abordan el populismo mediante la enumeración de atributos (o decálogos), es decir, aproximaciones acumulativas que tienden a identificarlo a partir de un conjunto de rasgos empíricos. Sin embargo, estas aproximaciones han sido objeto de críticas por su carácter casuístico. Por ejemplo, a inicios del siglo XXI se le dio mucho peso teórico a la reelección indefinida como un rasgo central del populismo, pero los casos empíricos recientes se han alejado de esta práctica sin dejar de ser populistas.
A pesar de la diversidad de enfoques, lo que parecen compartir es un elemento central: la división antagónica de la sociedad entre el pueblo y la élite. Desde una perspectiva laclausiana, esta división se entiende más bien como una operación simbólica en la que el pueblo no preexiste como un sujeto homogéneo, sino que es construido discursivamente de forma unitaria. En este proceso, una parte (la plebs) aspira a representar al todo (el populus), lo que genera una tensión entre inclusión y exclusión (Laclau, 2005). Así, el populismo es simultáneamente incluyente (al incorporar demandas diversas) y excluyente (al delimitar quién pertenece al pueblo legítimo) (Urbinati 2019).
Visiones regionales
Si lo pensamos en términos regionales, en América Latina el populismo ha sido una categoría que ha permitido interpretar distintos momentos históricos en tres grandes olas (De la Torre 2020; Salmorán 2021). La primera corresponde al llamado populismo clásico, representado por líderes como Juan Domingo Perón, Getúlio Vargas y Lázaro Cárdenas, en el contexto de la crisis del modelo agroexportador y la industrialización por sustitución de importaciones. Este populismo se caracterizó por la incorporación política de sectores populares y la expansión de la ciudadanía. La segunda ola, el neopopulismo, incluye casos como Carlos Menem, Alberto Fujimori y Fernando Collor de Mello, surgidos en el contexto de la crisis del modelo de industrialización. A diferencia del populismo clásico, estos liderazgos implementaron políticas de mercado, mostrando que el populismo no está necesariamente vinculado a un programa económico específico. La tercera ola corresponde al giro a la izquierda de inicios del siglo XXI, con líderes como Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa, en un contexto de crisis del neoliberalismo y resurgimiento del papel del Estado. Este ciclo logró avances en términos de empleo, reducción de la pobreza, leve descenso de la desigualdad, mayor inclusión social y expansión de las clases medias, aunque posteriormente estos avances se estancaron o retrocedieron, con lo que generaron nuevas demandas sociales y descontento político. Más recientemente, se ha planteado la posibilidad de una cuarta ola asociada al auge de liderazgos populistas de derecha en la región como los de Jair Bolsonaro, Javier Milei y Nayib Bukele.
En Europa y Estados Unidos, los populismos de derecha se nutren de una crítica a una globalización percibida como desigual y traducen ese rechazo en propuestas de corte nacionalista y xenofóbico. Estas incluyen políticas proteccionistas, cuestionamientos a la integración supranacional y posiciones restrictivas en materia migratoria. En este contexto, el pueblo se construye discursivamente en torno a los “perdedores de la globalización”, enfatizando dimensiones culturales e identitarias. En cambio, en América Latina, el populismo —en su vertiente de izquierda— ha tendido a articular al pueblo en torno a la exclusión socioeconómica y a los efectos de las políticas neoliberales. Mientras tanto, para los populismos de derecha latinoamericanos, el antagonismo se desplaza hacia la crítica a las élites intelectuales, al progresismo y al Estado asistencialista, así como a agendas vinculadas con la diversidad y el género.
Los partidos populistas de derecha en Europa comparten una ideología que combina tres elementos: nativismo, autoritarismo y populismo (Mudde 2015). En comparación con los populismos de izquierda, en estos casos existe una primacía de lo sociocultural sobre lo socioeconómico. Esta diferencia en la definición del pueblo —cultural en unos casos, socioeconómica en otros— es clave para entender la variación del fenómeno. No obstante, a pesar de estas diferencias regionales e ideológicas, existen algunos puntos de convergencia; por ejemplo, el antiglobalismo y el rechazo a instituciones multilaterales y a consensos científicos internacionales. Asimismo, Roberts (2022) señala que tanto populismos de izquierda como de derecha pueden coincidir en inclinaciones hacia el proteccionismo económico, aunque difieran en aspectos programáticos específicos.
La utilidad del concepto
Es cierto que existen otros conceptos para referirse a los casos que se suelen agrupar bajo el mote populista. Por ejemplo, hay trabajos que analizan los casos de Donald Trump, Javier Milei, Nayib Bukele y Marine Le Pen desde categorías como alt right, nuevas derechas radicales, derechas neopatriotas, neofascismos. Además, se suele criticar el uso del término para referirse a los procesos iniciados por Chávez o López Obrador por ser insuficientes para reflejar la complejidad de estos casos (Cannon 2018). Sin embargo, se puede defender el término por sus potencialidades analíticas comparadas. Retomando lo mencionado al inicio, definitivamente se podría criticar un concepto que pretende meter en un mismo saco a Chávez y Trump (dos líderes muy diferentes), pero más bien la invitación es a retomar una paradoja que justifica todos los problemas de investigación que recurren al concepto de populismo: líderes tan distintos no deberían tener elementos nucleares en común y, sin embargo, los tienen.
En esa línea, es de celebrar que existen avances recientes en la literatura comparada sobre populismo. Esto ha sido acompañado de una articulación entre tradiciones teóricas que anteriormente se desarrollaban de manera relativamente aislada. En la actualidad, es frecuente encontrar referencias cruzadas entre la literatura producida en Europa y Estados Unidos y aquella desarrollada en América Latina. De hecho, un ejemplo de estos puentes es que el Research Handbook on Populism (Stavrakakis y Katsambekis 2024) incluye contribuciones de autoras como Paula Biglieri, una de las exponentes contemporáneas más relevantes del enfoque laclausiano.
Asimismo, la literatura reciente ha enfatizado la necesidad de no asumir a priori los efectos del populismo, sino de analizarlos empíricamente en contextos específicos (Mudde y Rovira 2018; Caiani y Graziano 2022). Este giro implica también una mayor integración de casos de distintas regiones en el análisis comparado, lo que permite identificar tanto patrones comunes como variaciones contextuales. Además, también está creciendo la línea de investigación sobre el discurso antipopulista y cómo contribuye al antagonismo moralizado (Stavrakakis 2018; Biglieri y Perelló 2020; Kessler et al. 2022; Mudde y Rovira 2018).
Por último, no debe olvidarse que una cuestión central en el debate académico sobre el populismo es su impacto sobre la democracia. Son abundantes los trabajos que vinculan populismo y erosión democrática y, en este tema, hay también una variedad importante de enfoques y de resultados empíricos. Es importante notar que uno de los mecanismos que inciden en la relación entre populismo y erosión democrática es la polarización afectiva. El populista polariza y cuando la polarización llega a niveles perniciosos, existe mayor probabilidad de socavar el respeto a las reglas del juego democrático. No obstante, frente a visiones altamente normativas que lo consideran inherentemente negativo, la evidencia comparada sugiere que sus efectos dependen en gran medida del grado de resiliencia democrática dados los contextos institucionales. En contextos de baja calidad institucional, los efectos pueden ser más problemáticos, mientras que en democracias consolidadas existen mayores capacidades de contención.
El término populismo llegó para quedarse. En lugar de sugerir abandonarlo por su vaguedad y sesgos, una tarea más difícil pero más interesante es intentar contribuir a que pueda tener pilares analíticos sólidos. En un contexto global marcado por crisis de representación, polarización y procesos de autocratización, el populismo puede ser una categoría clave para comprender las dinámicas políticas actuales. En esa línea, las sorpresas en torno a Trump por “errático” e “impredecible” pueden dejar de ser sorpresivas al sumergirse un poco más en la literatura que ha sido citada en esta entrada.
¿Cómo combatir o resistir al populismo? Un punto clave que emerge de la literatura es que el populismo no sólo se alimenta de crisis socioeconómicas, sino también de crisis de representación asociadas a contextos de alta convergencia programática entre partidos tradicionales (Mudde y Rovira 2018; Roberts 2022). Cuando las alternativas políticas se perciben como indistinguibles —lo que Mouffe ha llamado elegir entre una coca y una pepsi— el conflicto democrático se vacía y abre espacio para actores que prometen reintroducir una diferencia sustantiva. En este contexto, la reacción antipopulista también recurre a una lógica moralizada —oponiendo “buenos demócratas” contra “malos populistas”— que reproduce la misma polarización que buscan combatir. De ahí que una estrategia más efectiva no pase por intensificar el rechazo moral al populismo, sino por fortalecer la capacidad de las democracias para procesar demandas sociales de manera eficaz, reducir las brechas que alimentan el agravio, y, al mismo tiempo, revitalizar el conflicto democrático en términos agonísticos antes que fetichizar el consenso.
Referencias
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Caiani, Manuela y Graziano, Paolo. 2022. “The Three Faces of Populism in Power: Polity, Policies and Politics”. Government and Opposition, 1-20.
Cannon, Barry. 2018. “Must we talk about populism? Interrogating populism’s conceptual utility in a context of crisis”. New Political Science, 40(3), 477-496.
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Wiles, Peter. 1969. “A Syndrome not a Doctrine”, en Ghita Ionescu y Ernest Gellner (eds.) Populism. Its Meanings and National Characteristics. Londres: The Macmillan Press.
Cómo citar
Torrealba M., Carlos G. 2026. “Populismo”, en Léxico de la Protesta. Laboratorio de Análisis de Organizaciones y Movimientos Sociales. Disponible en <https://laoms.org/lexico-protesta/populismo>